Distillations magazine

Unexpected Stories from Science’s Past
February 17, 2026 Environment & Nature

Parcelas de ajonjolí

Una diáspora en veintiún movimientos.

Sésamo seco en manojos en el campo contra un cielo azul profundo
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La versión en español es de Vanessa Villegas Solórzano, editora, Comestible.

¿Qué nos dicen las semillas de ajonjolí sobre la diáspora africana y su relación con el ambiente? ¿Cómo sabe un historiador por dónde empezar? Todo es cuestión de entender el proceso.

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Las vainas de ajonjolí o sésamo (Sesamum indicum) se parecen a las de la okra (bamia o quingombó, Abelmoschus esculentus) y a las del edamame (soya o soja, Glycine max). Se mantienen erguidas sobre finos tallos como pirinolas alargadas y aterciopeladas. A veces, las personas que investigan alimentos se preguntan qué atrajo a las comunidades humanas a una planta en particular, como a la yuca brava que tiene cianuro. Con el ajonjolí, esta pregunta resulta innecesaria. Su atractivo es obvio, pues es evidente que las espigas contienen algo en su interior. Y si su forma cuadrada no llama la atención, el cascabeleo que producen cuando están maduras seguramente sí lo hará.

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Mano sosteniendo un tallo de sésamo al aire libre

Al tostarlo, el ajonjolí humea rápidamente. Si pasan dos o tres segundos sin revolver la sartén, las semillas crujen, se rompen y luego explotan. El sonido es claro y distinguible, pero ver cómo sube el humo también despierta la curiosidad. Se enrosca desde las semillas, siguiendo los bordes suaves de la sartén, sin un origen evidente. ¿El humo proviene de las semillas o de la sartén? Recordando a las volutas de dióxido de carbono que se subliman del hielo seco, el humo del ajonjolí parece saltarse la fase líquida y pasar directamente de la semilla sólida al escape gaseoso. Pero no es así. El aceite líquido está ahí, en una especie de «estado del ser». Esta particularidad ayuda al ajonjolí a sobrevivir en condiciones adversas y es la razón por la que sus semillas llegaron hasta la sartén caliente. El ajonjolí puede no verse ni sentirse tan aceitoso como una aceituna o un aguacate. Aun así, si se pone atención y se agita al fuego de manera constante, el humo da una señal. Cuando reflexionamos sobre quiénes han agitado la sartén del ajonjolí históricamente, el asunto se convierte en una fugaz analogía del lugar que ocupa esta planta en la historia ambiental. Como todas las semillas, las de ajonjolí son disemínulas —o unidades de dispersión vegetal— que comparten el campo semántico con la diáspora humana. Y específicamente el ajonjolí se dispersó por el continente americano junto con la diáspora africana.

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Las plantaciones eran lugares espeluznantes. Eran paisajes devastadores y de terror, tanto para las personas esclavizadas como para los ecosistemas. Las plantaciones eran epicentros dinámicos, generadores y motores del mundo moderno: por su división del trabajo, por sus tierras baldías y por su riqueza acumulada de forma desigual.

El paisaje de las plantaciones también era heterogéneo y había zonas en donde las personas esclavizadas podían imaginar —aunque fuera de forma marginal— algún tipo de autonomía. Consideremos, por ejemplo, la horticultura de subsistencia —a pequeña escala— de las personas negras esclavizadas y las plantas que allí cultivaban, como el ajonjolí. No todos los cultivos de sésamo eran una plantación o hacían parte de ella. Algunos eran pequeñas parcelas concedidas para el cultivo de alimentos o huertos de traspatio. Ira Berlin y Philip Morgan coinciden en que estos «huertos y parcelas de aprovisionamiento permitieron la elaboración de concepciones del orden espacial con influencia africana», en donde los límites fluidos e irregulares contrastaban «con las nociones europeas de orden, tan geométricas y rígidas». Sharla Fett complementa esto diciendo que a las y los horticultores negros esclavizados les gustaba plantar ajonjolí al final de sus hileras para «alejar a los intrusos». Así, los sembrados de sésamo podían ser parcelas donde las personas negras esclavizadas, al cultivar para sí mismas, erosionaban discretamente el poder de la plantación, haciendo sus vidas un poco más llevaderas.

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Para aprovechar tiempo y espacio, los terratenientes endosaron tiempo y tierras marginales a las personas esclavizadas. Malgastar empeños en preguntarle a la gente negra sobre sus huertos de traspatio y parcelas habría frustrado el objetivo de los esclavistas de extraer riqueza de la vida negra al menor costo posible. Pero, a pesar de los esfuerzos de los terratenientes por ignorar y desestimar la experiencia vivida por las personas negras, el registro histórico no es un monolito. Por mucho que sigan intentado excluirnos, tenemos a nuestra disposición la historia ambiental negra.

El análisis ambiental de la población negra no es nada nuevo. Sin embargo, ahora interpretamos el paisaje mejor que nunca, resaltando y subrayando el poder y el racismo como lo hacemos con estas frases. Ahora podemos tomar lugares que sabemos que existieron —como el huerto de una persona esclavizada— y analizar lo que Amani Morrison llama «disponibilidades espaciales negras». Dado que por muchas fuentes sabemos que a la gente negra se le permitía —e incluso se le animaba— a cultivar ajonjolí en sus parcelas, es posible usar esta planta para rastrear numerosas escenas de supervivencia. Un croquis topográfico de Florida datado en 1821 señalaba que la gente negra cultivaba suficiente ajonjolí como para «permitirse lujosas comidas» de pasteles, potajes y otras «creacion[es] con azúcar».

El ajonjolí, al igual que el quingombó (Abelmoschus esculentus) y la sandía (Citrullus lanatus), fue una de las pocas plantas que se trasplantaron con éxito de la zona tropical de África occidental a los climas más templados del sur de Estados Unidos. En el trópico, los huertos de traspatio tienen características climáticas diferentes a las de los huertos subtropicales. En Misisipi no crecen tamarindos (Tamarindus indica), plátanos (Musa sp.) ni palmas de aceite (Elaeis guineensis). Sin embargo, el ajonjolí se abrió camino hasta las costas arroceras de las Carolinas. Aquí, hay testimonios de personas negras plantando «sus benne en las colinas como si fueran fríjoles». Benne es como llamaban al ajonjolí nuestros antepasados. Para poder imaginar cómo era que la gente negra cultivaba ajonjolí, resulta conveniente tener en cuenta la geografía, la estación del año y la hora del día. En Carolina del Sur, la siembra solía realizarse de noche, a finales de la primavera, poco después de las lluvias —nunca antes—. La tierra debía estar húmeda, pero no demasiado. Sembrar a la luz de la luna era una tarea exigente sobre todo tras un largo día trabajando tierra ajena. Solo pensar en el esfuerzo visual, le da un nuevo significado a la labor de siembra. Palpar la tierra, hacer agujeros profundos —hasta los nudillos— para acomodar las semillas. O quizás plantar ajonjolí era un asunto más de fe que de cuidado. Según la tradición, los agricultores negros libertos esparcían semillas de ajonjolí en las entradas de las viviendas, igual que lo hacían sus antepasados ​​esclavizados.

Fotografía en blanco y negro de un gran grupo de personas de pie fuera de las cabañas

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Han pasado más de treinta años desde que Michel-Rolph Trouillot sugirió que el silencio ingresa al archivo en cuatro etapas: «el momento de los hechos (la creación de las fuentes); el momento de la recopilación de los hechos (la creación de los archivos); el momento de la recuperación de los hechos (la creación de las narrativas); y el momento de la significación retrospectiva (la creación de la historia)». El archivo de la historia ambiental negra cumple estos cuatro factores.

En el caso de la historia afroamericana del ajonjolí, terratenientes y políticos crearon fuentes que desacreditaban las prácticas agrícolas negras, calificándolas de «irresponsables, descuidadas» además de «sumamente derrochadoras». Así, cuando juntaron recuentos acerca del cultivo del ajonjolí su pervertida perspectiva en torno a la agricultura de las personas negras también pervirtió la documentación de las experiencias afroamericanas, si es que las documentaron. Los registros desiguales y sesgados sobre el ajonjolí que aparecen en las publicaciones del siglo XIX especializadas en agricultura, botánica y medicina no cuentan la historia completa del conocimiento ecológico negro, y este vacío se materializó en prácticas y políticas que no valoran la historia ambiental afrodescendiente. Afortunadamente, aquellas perspectivas ya no sostienen las riendas de la historia. Ahora tenemos la posibilidad de mirar atrás, reflexionar y contar historias negras reveladoras sobre el ajonjolí, historias que sean diferentes y continúen en desarrollo.

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Un hombre y tres niños bailan junto una gran marioneta de rana

Mi difunto tío Bernie Porter vivió durante décadas en Beaufort, Carolina del Sur, donde falleció en 2017. En su funeral, recuerdo haber visto a su viuda, Shirley Porter, y haber conocido a su hijastra, Natalie Daise. También recuerdo mi emoción porque Natalie y Ron, su esposo, protagonizaron uno de los programas infantiles más populares para niños afroamericanos de los años 1990: Isla Gullah Gullah. Para nosotros era como otro Plaza Sésamo, un lugar donde sucedían cosas emocionantes para las personas negras. Y aunque este programa de Nickelodeon se rodó principalmente en Orlando, Florida, las secuencias de paisajes y exteriores mostraban a Beaufort, un lugar con calles de sésamo, gente sésamo y cultura sésamo. La diferencia estaba en que la gente de la cultura Gullah y Geechee en las cercanías de Beaufort, así como en las vecinas Islas del Mar, en lugar de sésamo o ajonjolí lo llamaban benne. Conocían al benne tan bien como a los peces, las tortugas y las ostras que abundaban en su paisaje.

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Camina por un sendero en las Montañas Azules y quizás escuches «juu-uu ju», con énfasis en la segunda «u». Este es el sonido de la tórtola perdiz jamaicana (Geotrygon versicolor), una especie monotípica y endémica de la cordillera oriental de Jamaica. Es un ave rara que, probablemente, oirás antes de ver, si es que llegas a verla. Para quienes practican el obeah (tradiciones religiosas y medicinales de la diáspora africana en el Caribe angloparlante), el comportamiento esquivo y reservado de la tórtola perdiz jamaicana le valió el apodo de «bruja de la montaña».

Antes de que la Unesco las designara como zonas protegidas de biodiversidad, las comunidades taínas así como las personas esclavizadas huyeron a las montañas y los bosques de niebla para protegerse del colonialismo y de la esclavitud. Así, crearon una red de senderos, escondites y asentamientos conocida hoy como la Ruta Patrimonial de Nanny Town. La abundante —y rara— flora y fauna que habita a lo largo de esta ruta es el legado de siglos de resistencia ambiental enfrentada a la violencia europea. Las comunidades de Maroons (cimarrones fugitivos) introdujeron también cultivos propios de la diáspora africana como el banano (Musa sp.); la palma aceitera (Elaeis guineensis) y la palma de coco (Cocos nucifera), la pomarrosa (Syzygium malaccense) y el ajonjolí (Sesamum indicum).

Ilustración de un pájaro colorido

Al igual que la bruja de la montaña, el ajonjolí tenía valor espiritual para las comunidades en las Montañas Azules y las Montañas de John Crow. Las personas de Jamaica practicantes de obeah solían referirse al ajonjolí como vangloe o wangla y lo usaban en sus huertos para ahuyentar a los ladrones. ¿Acaso el cascabeleo de las vainas secas disuadía a quienes merodeaban por el lugar? ¿O acaso confiaban en la reputación del ajonjolí como amuleto de protección? Las limitaciones de los registros coloniales y de sus perspectivas —igualmente coloniales y reduccionistas— dejan pocas respuestas definitivas. Sin embargo, la interpretación del paisaje nos anima a rastrear las fuerzas naturales y antinaturales que moldean la tierra, ya sean el clima o la esclavitud, la flora y la fauna o, incluso, el capitalismo. Analizar la historia negra en el paisaje teniendo en cuenta el peso de estas fuerzas deja claro que el Sesamum indicum tuvo muchas vidas y parentescos en los entornos ocupados por las personas negras.

Entonces es posible imaginar que el benne trajo otras formas de buena suerte a las personas negras tanto esclavizadas como libres. ¿Es posible que el ajonjolí haya servido para atraer palomas y codornices a las parcelas y huertos de las personas negras o a los paisajes clandestinos de las personas libertas? Durante mucho tiempo la harina de benne, un subproducto de la producción de aceite de benne, ha sido usada en las granjas como alimento para aves de corral. ¿Las personas negras usaban el benne para atraer animales silvestres? Numerosos estudios científicos y revistas de caza de principios del siglo XX indican que el benne era particularmente apetecible para las palomas y las codornices durante el verano. Los cazadores desde Alabama hasta el noroeste de Florida buscaban benne «silvestre» para aumentar sus probabilidades de encontrar presas. Un artículo de 1926 publicado en Game Breeder y titulado «Benne, A Good Southern Quail Food» no solo sugería que las personas esclavizadas fueron las primeras en traer las semillas que dieron lugar a que el benne se extendiera de forma silvestre, sino que las familias negras también continuaron cultivándolo en «pequeñas parcelas».

En la actualidad, los bioquímicos de la Louisiana State University tienen en cuenta estas observaciones históricas como pistas para investigar más a fondo el legado botánico de las personas afroamericanas como guardianas de semillas. Dado que la planta de ajonjolí atrae a pájaros y abejas, pero no a ciervos, ¿habría podido atraer también calorías adicionales —y muy necesarias a los huertos familiares de nuestros ancestros esclavizados—, a la vez de servir de disuasor de ciervos y jabalíes evitando así el daño a sus otros cultivos? Gracias a un análisis multinivel de la distribución y la composición química del ajonjolí en el estado de Luisiana, el Dr. Jordan Dowell y su equipo me ayudaron a plantear mejores preguntas. Por ejemplo, ¿cuán silvestre es el «ajonjolí silvestre» en Luisiana? ¿Las plantas de ajonjolí semisalvaje o los suelos en los que se encuentran sus raíces podrían contener señales químicas que nos muestren las relaciones geográficas e históricas entre las antiguas plantaciones, los cultivos de subsistencia y las ecologías locales? El uso de herramientas científicas para analizar nuestro pasado ambiental negro me recuerda que una corazonada solo te lleva hasta cierto punto. Este trabajo está lleno de sorpresas.

Xilografía de una escena de batalla en un bosque selvático

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Las primeras personas que escribieron la palabra ajonjolí la tallaron en piedra con símbolos cuneiformes. En el Código de Hammurabi, la forma acadia que sonaba como sésamo —sa-mas-sa-mu— se asemeja a cuñas en arcilla hechas con un fino utensilio similar a una pluma. Estos registros cuneiformes describen al ajonjolí como una herramienta legal o moneda para saldar deudas que servía como garantía.

Tableta pequeña de color claro con marca

Más de 3.500 años después, en las Sea Islands, frente a la costa de Carolina del Sur, la gente de la cultura Gullah y Geechee también utilizaba el ajonjolí como medida legal para resolver disputas. Según Dorothea Bedigian —académica pionera en el estudio de los orígenes africanos del sésamo en las Américas— los sacerdotes de las Sea Islands lo utilizaban como castigo. Esparcían una bolsa de maíz en el suelo para que el infractor recogiera grano a grano si se trataba de una ofensa menor; un cuarto de galón de arroz cuando era una ofensa grave; y una bolsa de sésamo si se trataba de delitos más graves. Lamentablemente, sabemos poco sobre esta práctica. Las tradiciones Gullah y Geechee no quedaron plenamente registradas en los archivos históricos de Carolina del Sur, lo que hace que recopilar y relatar esta historia ambiental afroamericana se parezca mucho a recoger del suelo las semillas ajonjolí una por una.

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La supremacía blanca tiene muchos puntos ciegos. Cuando en 1810 James Thacher visitó una plantación en Savannah, Georgia, se familiarizó con el benne. Pero el escritor de Massachusetts, al igual que los terratenientes sureños que visitó, si bien tenía una idea precisa de que las comunidades esclavizadas utilizaban el benne, no sabía cómo lograban cultivarlo en parcelas o huertos de traspatio.

Los terratenientes vigilaban el trabajo de las personas cautivas y tomaban notas sobre cómo elaboraban aceite de benne que les servía como alimento, como medicina y como combustible de lámparas. Varios relatos dan cuenta de que las personas negras hervían y mezclaban semillas de benne con sus raciones de «maíz indígena, lo que constituye un alimento nutritivo». (Nota de la traductora: se refiere a semillas de maíz nativo, semillas sin alteraciones genéticas cultivadas en esas tierras desde antes de la llegada de los colonizadores.) En ocasiones, observadores blancos veían a las personas negras tostar las semillas y prepararlas en infusión, como si se tratara de café. Thacher también observó con gran detalle que las personas negras «tuestan [las semillas de ajonjolí] al fuego, las hierven en caldos, las convierten en budines y las preparan de diversas maneras». Cabe destacar que Thacher reconoció expresamente a los negros esclavizados por introducir este «aceite fijo» en «el catálogo secundario de nuestra farmacopea nacional».

Pero la curiosidad de los terratenientes tenía sus límites. Rara vez prestaban atención a los intereses de las personas negras, ignoraban sus intenciones y difícilmente podían imaginar su éxito. Todo lo que veían estaba teñido y distorsionado por el racismo. Además, como las personas negras se sentían observadas, hacían lo posible por pasar desapercibidas.

Hay, pues, una violencia silenciosa al usar las observaciones de los dueños de plantaciones para comprender la vida de las personas negras esclavizadas. Y también hay complicidad en el silenciamiento histórico. ¿Cómo pasar de observar las vidas de las personas negras a escucharlas? ¿Cómo lo hacemos cuando quienes se encargaron de los archivos históricos definieron a las personas negras como propiedad con valor económico en lugar de personas con sentimientos, conocimientos y relaciones que podían existir más allá de la plantación? La historia ambiental negra contrarresta este silencio al enfatizar la ecología sobre la economía. El estudio del hogar —oikos logos— revela más sobre la vida y los medios de subsistencia que la gestión del hogar —oikos nomos—. Al centrarnos en las relaciones ecológicas a la par de las económicas, es posible partir de una planta humilde como el ajonjolí para enriquecer nuestra comprensión incompleta de la vida de las personas negras en la diáspora.

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Grabado que muestra un molino de aceite mecánico del siglo XIX.

Los aceites fijos son muy importantes. Impulsan el movimiento de la sociedad desde ejes, varillas y engranajes. Al exprimir las semillas de ajonjolí se libera una de estas grasas fijas que a su vez es dinámica y transformadora de la sociedad. Es la base de jabones, perfumes, alimentos, medicamentos y mucho más. Puede contener ésteres de glicerol de ácidos grasos, que tanto plantas y animales utilizan de diversas maneras. Por ejemplo, los metabolitos secundarios bioactivos del aceite de ajonjolí tienen propiedades antioxidantes y antibióticas. Los fitoesteroles aportan compuestos cicatrizantes, y las sustancias químicas sesamol y sesamina favorecen las actividades antiinflamatorias e inmunomoduladoras, además de reducir los niveles de colesterol en sangre. En la naturaleza, estos aceites fijos también ayudan a las semillas a sobrevivir condiciones adversas, como la sequía. Esto explica por qué históricamente se consideraba al sésamo un cultivo de supervivencia o de gente pobre. También explica por qué tantas personas descendientes de africanos —esclavizados y emancipados—, dependían del ajonjolí para sobrevivir al racismo.

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Thomas Jefferson tenía capataces que vigilaban a las personas esclavizadas bajo su custodia, pero sabemos que él también las observaba para aprender diversas cosas, especialmente de los conocimientos botánicos de la gente negra. La curiosidad de Jefferson era más intelectual que la de muchos dueños de plantaciones. Estudió e imitó a las personas negras esclavizadas. Quería saber qué sembraban, cómo y por qué lo plantaban. Y pocas especies vegetales despertaron tanto su interés como el ajonjolí. En los huertos de traspatio de Monticello, Jefferson aprendió de personas esclavizadas a cultivar ajonjolí anualmente en Virginia y esto le animó a comprar y construir tres prensas de aceite de sésamo. Sin mención alguna a la gente negra, en una carta escribió que Sesamum «es una de las adquisiciones más valiosas que nuestro país ha hecho jamás».

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Benjamin Waring era dueño de quince personas esclavizadas el año anterior a su muerte en 1811. Una década antes, había construido uno de las primeras fábricas de aceite del país en Columbia, Carolina del Sur, aprovechándose de la mano de obra y del ingenio de la gente negra para procesar aceite y obtener ganancias de las semillas de algodón, ricino y benne. Sabemos poco sobre esta fábrica, salvo su notable influencia sobre la tierra y el trabajo. Para 1820, su hijo Benjamin Waring Jr. esclavizó a veintinueve personas, ocho de ellas trabajaban en la fábrica extrayendo aceite. Décadas después, otros terratenientes adoptaron el modelo familiar de los Waring, y para la década de 1860, compañías como la Columbia Oil Company dieron la impresión de haber transformado a Columbia en un centro de producción de aceite de benne. Pero no es así. Las personas esclavizadas fueron quienes —en realidad— iniciaron tal transformación gracias a parcelas de cultivo diseminadas en los linderos de las plantaciones. Una mirada más cercana a los paisajes da cuenta de lugares de subsistencia y esperanza, escenas de supervivencia en donde las personas negras esclavizadas plantaban sésamo para que sus vidas fueran más llevaderas.

Postal coloreada de un edificio de fabricación agrícola

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Era el verano de 1803, y un brote de disentería azotaba Carolina del Sur. El 4 de julio, James Simons escribió una carta desde Londres en la que contaba sobre un brote de disentería ocurrido antes en las tierras bajas de Carolina del Sur y cómo los oficiales militares de ese lugar recurrieron a una «anciana negra» que tenía «el conocimiento de un remedio». En ese momento, un coronel local recordó que el «hospital de la plantación» —en donde trabajaba dicha mujer— no había perdido una sola vida desde que ella llegó allí. Al relatar el momento, Simons equivocó el nombre del remedio, llamándolo «zezegery». Aun así, sus descripciones de las semillas que «se vuelven gelatinosas con la consistencia de un almidón fino», dejan pocas dudas de que se trataba de benne. Un jamaiquino que también presenció a esta sanadora identificó la planta como «binnea» y dijo que era «cultivada en casi todas las plantaciones de este país por nuestros negros para su propio beneficio». Sin saberlo, estos hombres pudieron intuir —a través del ajonjolí— el complejo conocimiento ambiental que hacía parte de la cotidianidad de las personas esclavizadas.

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Antes de que la teoría de los gérmenes se consolidara a finales del siglo XIX, el origen de las enfermedades solía atribuirse a olores desagradables o a los cuatro fluidos corporales caprichosos llamados humores. La proporción de estos humores determinaba tanto el temperamento como la salud de una persona.

El calor y el frío se encontraban entre los muchos factores que podían desequilibrar los humores y provocar enfermedades. La gente buscaba remedio en ingredientes naturales que proporcionaran sensaciones refrescantes o cálidas. La acedera para favorecer el frío y la sequedad. La menta para cuando apremiaban el calor y la sequedad. La calabaza, fría y húmeda, ayudaba en verano.

El verano era especialmente difícil para pensadores humorosos. Es más fácil calentarse cuando hace frío que refrescarse cuando hace calor. Esto era incluso más cierto antes de la llegada del aire acondicionado. Por suerte para los colonos de los Estados Unidos de la época Colonial, las personas esclavizadas cultivaban una planta mucilaginosa que se ganó la reputación de aliviar las molestias del verano: benne o semilla de ajonjolí.

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Ilustración de un medicamento patentado que muestra a dos hombres con alpacas o llamas caminando por el bosque

La Compañía de Medicina J. & C. Maguire tuvo una buena racha. Fundada en San Luis, Misuri, en 1841 por James y Constance Maguire, la Compañía de Medicina Maguire era muy popular por su pócima de planta de benne llamada Cundurango, que, según lo indican sus numerosos anuncios, «se había convertido en un nombre familiar» y «se vendía en todas las farmacias para la diarrea, la disentería y el cólera morbus». El producto comenzó a ganar popularidad como medida preventiva contra el «cólera asiático» durante un brote en 1849. Su fama se aceleró en tiempos de guerra. En un anuncio de 1900 titulado «Un veterano de tres guerras», la compañía sugería que «la planta de benne curó a miles de soldados durante la Gran Guerra Civil», además de contribuir a los esfuerzos en Filipinas y Puerto Rico durante la guerra contra España.

Quizás la compañía no mencionó el origen negro del benne en Estados Unidos para evitar su desprestigio ante un público blanco y racista. En cualquier caso, para 1918, la Asociación Médica Estadounidense lo desacreditó por completo por ser «falso y fraudulento» y por contener una cantidad de morfina «que causaba adicción». Son numerosos los ejemplos de tergiversaciones y apropiaciones del benne por parte de personas no negras.

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Dieciocho ilustraciones en color de estudios microscópicos

Los lecheros —como se llamaban a sí mismos— del siglo XIX eran un grupo de gente exhausta. Vivían permanentemente preocupados ante la posibilidad de que algún «adulterante» sustituyera a su vaca sagrada: la mantequilla. Le temían a diversas sustancias grasas y resbaladizas —desde el aceite de oliva hasta el de coco y la manteca de cerdo—, pero su enemigo público número uno era la oleomargarina. Ninguna otra industria del siglo XIX tuvo más inventores y patentes que la de la margarina. Llamada así por la cristalización perlada del ácido margárico —este fue aislado por primera vez en Francia en 1813 y luego transformado en margarina en Francia en 1869—, la margarina despertó en los lecheros una angustia equivalente a la que generaron en 2003 las «papas fritas de la libertad».

En defensa de sus vacas y de su patria, los productores lecheros descalificaron a la margarina con todo tipo de agravios, sugiriendo que era insalubre, antinatural y antipatriótica. Publicaron innumerables columnas de periódicos y llenaron tribunales con peticiones para salvar a la nación, a los valores tradicionales y a la supremacía blanca. Esto fue especialmente cierto en 1884, cuando casi todos los periódicos informaron sobre lo que los lecheros llamaban «mantequilla falsa», una oleomargarina hecha por personas negras a partir de semillas de ajonjolí. Atribuían el mérito a los agricultores negros por haber introducido la planta en los Estados Unidos, pero esto solo con la finalidad de sugerir que las personas negras y sus semillas extranjeras eran perjudiciales para los negocios y para su base de consumidores blancos. Lo que no sabían era que las semillas de ajonjolí, al igual que la margarina, para entonces ya formaban parte de la dieta nacional debido a la historia de la agricultura negra.

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En Puerto Rico el ajonjolí se pierde a plena vista. Está presente en el funchi criollo, una sopa afropuertorriqueña hecha con pasta de sésamo. Su dulzura sutil y su rico sabor a nuez lo convierten en un ingrediente favorito en dulces como el gofio de ajonjolí, las populares mampostiales y los pilones de ajonjolí —chupetas que se asemejan a las bolas de benne, tradicionales caramelos arrancamuelas de la cocina afrotriniteña—. Si se observa con atención, incluso se puede encontrar ajonjolí en las versiones boricuas de la horchata, una bebida, que como el ajonjolí, es originaria de África Occidental. No es de extrañar entonces que las encuestas agrícolas sobre el cultivo de ajonjolí a pequeña escala a principios del siglo XX indicaran que este era un alimento campesino «que se sembraba principalmente como un cultivo incidental entremezclado con maíz, fríjoles y plátanos» en los distritos azucareros después de que la esclavitud diera paso a la aparcería.

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En las décadas de 1950 y 1960, era común entre los cocineros blancos que experimentaban con ajonjolí el reconocimiento de que esta semilla había llegado a Estados Unidos a través de la esclavitud. Sin embargo, el discurso actual sobre el ajonjolí parece tener muchos menos matices que el del pasado. Ahora son pocos los ensayos sobre el cultivo o la cocina con ajonjolí en los que mencionan que las personas africanas esclavizadas y sus descendientes fueron quienes introdujeron la planta en el continente americano. Contrario a esta tendencia, una búsqueda sistemática sobre el sésamo en períódicos estadounidenses del siglo XX da como resultado que prácticamente en todas las recetas o artículos en los que se habla de ajonjolí abordan su relación con la esclavitud. En 1954, la Sra. Bernard Alexander Koteen, de Washington, D.C., ganó un concurso nacional de repostería con un premio de $25.000 dólares por su «pastel ábrete sésamo», y, a partir de entonces, decenas de periodistas indagaron de dónde venía esta «nueva» moda del ajonjolí. En sus reportajes mencionaron el pasado de este ingrediente de diversas maneras: «[semillas] introducidas por esclavos», «cargaron semillas en sus bolsillos» y «un puñado de semillas de sésamo». Con ello nos recuerdan que el pasado no siempre es más silencioso que el presente. El silencio llega en oleadas.

Fotografía en blanco y negro de dos hombres cargando un camión con sacos.

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Durante por lo menos sesenta años, mi Nana ha cuidado una planta de aspidistra o planta del hierro fundido (Aspidistra elatior) que su madre recibió de su abuelo. Su madre, mi bisabuela, Winona, cuidó durante décadas esta planta de bajo mantenimiento para honrar y recordar a su padre, mi tatarabuelo. Mi Nana la llama «la planta de su abuelito». Ella habla con la mayoría de sus plantas, pero cuando pasa junto a la aspidistra, dice: «buenos días, planta del abuelito», o más directamente, «buenos días, abuelito». Al cuidar esta reliquia, se cuida a sí misma. Hacerlo le da una sensación de orgullo y cobijo. También le genera esperanza y fe, lo que históricamente es bastante común entre las personas negras dedicadas a sus huertos en la diáspora.

Mi abuela no recuerda haber cultivado semillas de benne en la parcela familiar ni en su huerta. Su hermano, mi tío Lefty, tampoco. Él nunca vio a sus padres, tíos ni abuelos cultivar algo parecido al sésamo. Quizás nuestro terreno familiar en Snow Hill, Maryland, estaba demasiado al norte para que el ajonjolí creciera correctamente. Su hermana, mi tía Shirley, fue quien tuvo en consideración los límites geográficos del ajonjolí, pero también quien recuerda vagamente haber cultivado una «planta asiática» para la buena suerte en sus jardines del noroeste de Filadelfia. ¿Es posible que sembraran semillas de benne para la buena suerte o se trataba de otra cosa? Sea cual fuere la respuesta, ella apelaba a una botánica de la fe, al igual que su hermana, mi abuela, y toda la gente negra que ha cultivado ajonjolí durante milenios.

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Cosechar ajonjolí en la Ghana rural es una actividad que se realiza en temporada seca. En las tierras de la familia de Ekua, recolectar la cosecha es una tarea perfecta para los días despejados, cuando algún árbol de mango o un lejano palmar se atreven a interrumpir el horizonte azul. Las semanas despejadas son aún mejores porque, tras cortar y atar cuidadosamente los tallos maduros en manojos, estos necesitan secarse al sol entre veinte y cuarenta días antes de que las semillas estén listas. Algunas se caerán si los tallos se doblan, pero no tan fácilmente como lo hacen cuando están secas. Una vez que las hojas se empiezan a desprender y las vainas se abren ligeramente, las semillas de ajonjolí estarán listas. Para recolectarlas hay que poner una lona debajo de un recipiente grande —del tamaño de un neumático— y allí se deben tirar los manojos para que las semillas caigan en el recipiente. A continuación se agita y golpea cada manojo para asegurarse de que todas las semillas se desprendan. No importa si las semillas se salen del recipiente o si las vainas entran en él; la lona las atrapará. Luego, se debe tamizar el contenido del recipiente con el fin de separar todos los elementos no deseados. Hay que tamizar, tamizar y volver a tamizar. Entonces el ajonjolí estará listo para limpiarlo.

Así se cosecha el ajonjolí en el terreno de la familia Ankuma en Ghana.

Videos cortesía de Ekua Akuma.

El regreso de Ekua a Ghana para producir aceite de sésamo surgió de su deseo de colaborar con su padre y aprender de él. Su empresa, Nature’s Essentials, nació en Nyakrom, una comunidad agrícola del sur de Ghana, a unos 100 kilómetros al oeste de Accra. Esta es una zona de palma aceitera (Elaeis guineensis), yuca (Manioc esculenta) y mango (Magnifera indica), conocida principalmente por el cacao (Theobroma cacao). Pero su clima también es propicio para el ajonjolí. Con el apoyo de un amigo de la familia y la inspiración de las mujeres que tradicionalmente han cultivado sésamo en Ghana, Ekua se dedicó a plantar, deshierbar, cosechar, limpiar y comercializar el ajonjolí en forma de aceite. Dado que las personas de Ghana prefieren usar las semillas en preparaciones dulces o en sopas en lugar de como aceite, la distribución local ha resultado difícil. Educar a la clientela para que vuelvan a consumir aceite de sésamo ha sido un obstáculo a largo plazo cuando de lo que se trata es de fundamentar estrategias económicas con valores ancestrales. (N de T: la producción de aceite de ajonjolí a nivel local es una manera de garantizar la soberanía alimentaria en las comunidades. A diferencia del aceite de palma que se compra en el supermercado, el de ajonjolí se puede producir sin necesidad de una planta de procesamiento industrial.) Para ella, Ekua, reinvertir en agricultores como su padre implica integrar las lecciones de sus conocimientos ancestrales sobre cómo sembrar y producir cultivos locales en el desarrollo económico futuro. Sin andarse con rodeos, terminó nuestra entrevista insistiendo en que «los agricultores son parte integral del éxito de nuestras comunidades» y «otro subproducto de reinvertir en las y los agricultores es mantener el conocimiento ancestral… por generaciones».

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Estando de pie frente a dos enormes álamos tuliperos (Liriodendron tulipifera) en una antigua plantación de Washington, D.C., un querido historiador del paisaje y arquitecto me contó que en la cultura Piscataway de este territorio creían que dos de estos árboles —cuando estaban uno al frente del otro y entrelazados formando un túnel— podían servir como portal a otro mundo. Quizás a un mundo lejos de la expansión del colonialismo y de la esclavitud. Entonces me pregunté si las personas negras esclavizadas de estas tierras se imaginaban algo parecido cuando veían estos mismos árboles. O tal vez otra planta podría tener un efecto similar. Quizás el sonido de las semillas maduras de sésamo cascabeleando entre sus vainas servía como conjuro para los pensamientos y realidades de un mundo más habitable para la gente negra. El ajonjolí —que en árabe se conoce como juljulan— viene de las palabras juljul, que significa «campana pequeña», y jaljala, que significa «sonido» o «eco», crea su propio paisaje sonoro, un espacio acústico de posibilidades. Camina por el angosto camino de tierra entre los campos de una granja de sésamo en Ghana o a través de una parcela en Beaufort, Carolina del Sur, en la que millones de semillas cascabeleras te envuelven, e imagina que te dicen que están aquí y listas, y que siempre han estado aquí y listas para nosotros.

Agradecimientos
Agradezco a Dorothea Bedigian por su trabajo pionero; a Raven Ashlee, Jori Lewis y Bathsheba Demuth por leer los borradores iniciales; y a Janet Malcolm (1934–2021) y su ensayo de 1994 «Cuarenta y un falsos comienzos» por inspirar la estructura del ensayo. Por último, gracias a Ekua y Araba Ankuma por compartir fotos, videos e historias de sus campos de sésamo en Ghana.

Jayson Maurice Porter es un escritor ambiental y profesor adjunto de historia en la Universidad de Maryland, College Park.

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